Síndrome de adaptación general (ejercicio físico y deporte)


Desde tiempos pre-históricos, cuando las leyes biológicas marcaban la conducta de los animales, éstos debían constantemente luchar o huir para garantizar su integridad, su territorio, su supervivencia. El animal es sometido constantemente a situaciones de estrés, que demandan en algunos casos reacciones rápidas de respuesta y en otros casos reacciones de respuesta lentas pero sostenidas. Cuando el animal se encuentra de caza, o a va ser cazado, cuando atentan contra sus crías o invaden su territorio, deberá responder de forma inmediata. Una vez evalúe la situación, el animal decide atacar o huir.

En ambos casos el animal debe movilizar sus recursos si rquiere garantizar su supervivencia. En otras circunstancias el animal también es sometido a prueba, sólo que las reacciones de respuesta que le garantizan su supervivencia se expresan de una manera lenta pero sostenida. Es el caso, por ejemplo, cuando tiene que invernar o cuando es sometido a grandes migraciones en búsqueda de nuevos pastos, etc.

Al fisiólogo canadiense Hans Selye (1936) se le debe el estudio sobre la manera como el animal reacciona a estímulos exógenos que atentan en un momento determinado contra su supervivencia y por ende contra la continuación de la especie. Este fisiólogo estudió y fundamentó científicamente la manera como el organismo se adapta a las situaciones de estrés. A este proceso adaptativo lo denominó Síndrome de Adaptación General, por tratarse de reacciones comunes al menos en relación con los mamíferos. El Síndrome de Adaptación General se expresa en tres estadios o fases:

Síndrome de adaptación al ejercicio físico y del deporte


1. Fase de alarma. Esta fase se caracteriza porque se presenta fundamentalmente la movilzación del recurso energético, a través del sistema simpático-adrenérgico. El corazón late con más fuerza y más de prisa (taquicardia), se incrementa la respiración pulmonar, se movilizan los recursos energéticos (glucogenólisis a nivel del hígado, se movilizan los ácidos grasos). Cuando la fase de alarma se repite, es decir cuando el agente "estresor" actúa de una manera sistemática, además de la movilización de los recursos energéticos (glucosa, ácidos grasos libres) la movilización del recurso plástico o sea los aminoácidos.

En la fase de alarma el sistema nervioso induce al hipotálamo a secretar el factor liberador de la corticotropina, responsable de que la hipófisis anterior o adenohipófisis se creta la hormona trópica denominada adrenocorticotrópica o ACTH. La ACTH actúa como primer mensajero sobre la corteza suprarrenal y la obliga a secretar la hormona cortisol (hidrocortisona). Esta hormona moviliza las proteínas (cadenas largas de aminoácidos) así como también ejerce control sobre el metabolismo de las grasas y de los carbohidratos (cadenas de glucosa).

La movilización de los aminoácidos es pieza clave en el proceso de adaptar los órganos sometidos a sobrecargas, a exigencias cada vez mayores. Los órganos se hipertrofian como respuesta a la acción que de una manera sistemática ejerce determinado estímulo.

Si a la adrenalina se le denomina la hormona de la alarma por el importante papel que juega, en relación con la movilización del recurso energético, al cortisol se le conoce como la hormona de la adaptación por el papel supremamente importante que juega en la restauración del órgano comprometido, movilizando con este fin a los aminoácidos. Hay que recordar que los aminoácidos son elementos de construcción orgánica por excelencia.



2. Fase de adaptación, de resistencia, de estabilidad. Antes de que se presente la fase de la adaptación, durante la fase de alarma se presenta un desequilibrio temporal entre el órgano que aún no se ha reestructurado y la hiperfunción que se pretende realiza.

Generalizando podemos decir que el organismo aún no entrenado está siendo obligado a realizar una actividad por encima de sus posibilidades funcionales. Si la fase de alarma se repite sistemáticamente, es decir si el organismo o el órgano se someten a un entrenamiento riguroso, se logra progresivamente un equilibrio entre el órgano reestructurado y la función que para ese entonces ya no se catalogará como hiperfunción.

Si queremos seguir estimulando el proceso adaptativo, se requiere nuevamente producir el desequilibrio. De nuevo hablamos de hiperfunción y de la necesidad de que el órgano continúe su complejo proceso de reestructuración. El mecanismo biológico descrito con anterioridad se constituye en la base biológica de los principios pedagógicos denominados sistematización y aplicación progresiva de la carga física. La reestructuración del órgano se lleva a cabo activando el aparato genético de las células que conforman el tejido del órgano comprometido.

Es relativamente fácil cuantificar el papel de las hormonas en las diferentes fases del proceso adaptativo. Un análisis de sangre realizado en la fase de alarma nos informaría sobre una alta concentración de hormonas comprometidas en el proceso adaptativo: la adrenalina y el cortisol. En la fase de la adaptación, el análisis de sangre nos informaría que da disminuido la concentración de las hormonas mencionadas, pese a que el estímulo estresante continúa actuando sobre el organismo.

3. Fase de agotamiento. Esta fase se presenta cuando el órgano o el organismo no se logran adaptar a las exigencias a que las que son sometidos. En la naturaleza el animal enferma y fallece (largas migraciones, inviernos o veranos rigurosos, ausencia de agua y alimento).

En el deporte esta fase se presenta cuando se desconocen los principios biológicos y pedagógicos que rigen los procesos de la educación física y particularmente el entrenamiento deportivo. Cuando la carga de entrenamiento está muy por encima de las posibilidades funcionales del organismo del deportista (entrenamiento forzado), cuando no se respeta la correcta alternancia entre trabajo y descanso, entre carga y recuperación, ruge un estado de sobreentrenamiento que corresponde a la fase de agotamiento.

La siguiente imagen relaciona la adaptación operativa (inmediata) que presenta efectos inmediatos, que involucran fundamentalmente la esfera funcional del organismo, con la adaptación crónica (prolongada) que presenta efectos permanentes y que involucra además de la esfera funcional, la esfera morfológica.



Con la esfera morfológica se relacionan los cambios en la estructura del órgano que se presentan, al estimularse, como respuesta a los estímulos, los procesos de división celular (hiperplasia) y de agrandamiento de las partes constituyentes de los órganos (hipertrofia). En este punto es cuando se vinculan la hiperfunción y el aparato genético de la célula.

Todo proceso adaptativo se inicia con una perturbación de la homeostasia y termina con su normalización, pese a que sobre el organismo continúe actuando el estímulo que inicialmente produjo la perturbación de la homeostasia. El proceso adaptativo en el organismo del deportista es en realidad una cadena de muchos eslabones que se niegan unos a otros en la medida en que el proceso progresa y se perfecciona.

Es prudente recordar la forma escalonada de aplicar la carga física. Cada escalón representa la adaptación crónica. Justo en este momento se logra el equilibrio entre la función y los cambios estructurales acontecidos en el órgano. Si queremos que el proceso adaptativo continúa, es necesario romper de nuevo el equilibrio, escalar otro eslabón, obligar al órgano a realizar de nuevo una hiperfunción que estimulará nuevos cambios en las esferas funcional y morfológica de los órganos comprometidos.

Hay que recordar como al inicio de cualquier actividad física se nos dificulta recorrer una distancia en un tiempo determinado, levantar un determinado peso, saltar una determinada distancia, etc. Después de cierto tiempo de entrenamiento sistemático, la actividad se torna fácil de realizar. Si no aumentamos el nivel de exigencia, los procesos adpatativos se estancan. Se ha logrado el equilibrio descrito con anterioridad.

Por el contrario, si queremos seguir estimulando los procesos adaptativos, es necesario aumentar la exigencia del esfuerzo: recorrer una mayor distancia en el mismo tiempo anterior, recorrer la misma distancia anterior pero en menor tiempo, levanta un mayor peso, saltar una mayor distancia, etc. De nuevo se produce un desequilibrio entre la hiperfunción y el estado morfológico del órgano, entre la función y la forma. El desequilibrio se rompe por la síntesis adaptativa de las proteínas, responsable de la transición hacia la adaptación a largo plazo.

Es necesario recalcar que los procesos adaptativos tienen su límite. En la siguiente imagen se muestra la dinámica de los procesos de adaptación de un organismo entrenado. El eje vertical representa la dinámica de los procesos daptativos (se reflejan en una mejoría de los resultados positivos) y el eje horizontal representa el tiempo dedicado al proceso del entrenamiento. Hay que notar cómo en la medida en que entrenamos se mejora el nivel de entrenamiento, lo que se refleja en un progresivo mejoramiento de los resultados deportivos. En un momento determinado, la curva se "horizontabiliza", lo que significa que los cambios adaptativos se mantienen, se estabilizan los resultados deportivos, pese a que se mantiene muy elevado el nivel de exigencia. Más temprano que tarde la curva adaptativa comienza a descender, lo que se refleja en un empeoramiento de los resultados deportivos.





El ascenso de la curva es característico en los deportistas jóvenes, novatos. En un año la mejoría de los resultados puede ser muy significativa. Un joven garrochista de 12 a 13 años puede saltar por primera vez 2,50 metros. Muy seguramente al año de entrenamiento el joven puede estar saltando 4 y más metros de altura.

La estabilización de la curva es característica de los deportistas consagrados, de alto rendimiento. Se sabe que un deportista de talla internacional se somete a los ciclos olímpicos, entrena arduamente durante cuatro años, con el propósito de mejorar su propia marca, siquiera en un centímetro (saltadores), en medio kilogramo (pesistas), en centésimas de segundo (atletas velocistas). Hasta la década de los sententas, las páginas deportivas de los periódicos informaban muy menudo sobre el rompimiento de récords mundiales por parte de muchos deportistas que participaban en las competencias preolímpicas. En las olimpíadas se mejoraban muchos récords olímpicos y mundiales.

Es interesante señalar que las cargas psicofísicas a las que son sometidos los deportistas de alto rendimiento no se observan en ninguna otra especie animal. Bien podemos señalarlas de antinaturales. Los animales se activan cuando la necesidad por alimento, por la defensa de sus crías o de su territorio se impone. Las leonas por ejemplo dormitan entre 18 y 20 horas de las 24 horas del día, y sólo entran en fuerte actividad cuando salen de cacería. El mismo comportamiento lo tienen los herbívoros. Mientras no haya depredadores a la vista, éstos pastan tranquilamente durante horas.

Los deportistas de altísimo rendimiento trabajan 6 y más horas diarias, realizan 2 y hasta 3 sesiones de entrenamiento por día y se someten a ciclos olímpicos de entrenamiento, es decir se proyectan par amostrar un excelente desempeño en las olimpiadas, que como se sabe, se organizan cada cuatro años. Todo lo anterior para tratar de mejorar récords mundial y olímpico o en una centésima de segundo, o un centímetro o unos cuantos gramos.

Es interesante hacer referencia a los procesos adaptativos del humano no deportistas en las condiciones de la sociedad moderna. En primer lugar los procesos adaptativos que ocurren durante la ontogénesis, siguen el mismo comportamiento de la curva de la figura anterior. Sólo que en este caso el eje vertical representa la capacidad adaptativa de las esferas somática, motora e intelectual de la persona y el eje horizontal representa los años de vida del sujeto.

La forma ascendente de la curva representa el período evolutivo, de mejoramiento progresivo de las funciones, de la maduración sexual, período que abarca desde el nacimiento hasta los 20 - 30 años. La "horzontalización" de la curva representa el período de estabilización, que abarca los años 30 - 50 de vida. Es necesario señalar que la anterior periodización es muy general y sólo sirve para justificar la dinámica de la curva de adaptación a lo largo de nuestros años de vida.

Existen dos tipos de estrés en el caso de los humanos. Un estado de estrés fisiológico, necesario para mejorar los mecanismos adaptativos de nuestro organismo y de esta manera aumentar su resistencia a los agentes varios provenientes del medio externo principalmente. Obligatoriamente el estado de estrés fisiológico debe involucrar el componente motor, de tal manera que la reacciones fisiológicas presentes durante el estado de estrés se justifiquen plenamente: aumento de la frecuencia cardíaca, de la ventilación pulmonar, movilización de los recursos energéticos y plásticos, perfeccionamiento de los mecanismo homeostáticos, etc.

El otro tipo de estrés, mejor denominado diestrés, es el que se manifiesta cotidianamente en nuestras vidas. Ante una agresión verbal, ante una injusticia del jefe al subordinado por ejemplo, el organismo internamente responde de la misma manera como lo hace el animal presto a atacar o huir. La frecuencia cardíaca se incrementa, nuestros pulmones ventilan una mayor cantidad de aire, el hígado desdobla glucosa a partir del glucógeno hepático, se conectan los mecanismos de sudoración, palidecemos por un mecanismo vasoconstrictor que favorece el aumento de la presión arterial, etc.

El propósito de la movilización funcional es enviar a la musculatura esquelética mayor cantidad de oxígeno y de material energético. Es claro que si la situación descrita con anterioridad se repite sistemáticamente, como desafortunadamente suele suceder en los ambientes de trabajo y del hogar, terminamos perturbando los mecanismos neuro-hormonales reguladores de todas las funciones, incluida la función cardíaca. No hay duda que estas situaciones son, al menor parcialmente, la causa de la hipertensión de tipo neurógeno.

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